LAS RELACIONES LABORALES, LA ECONOMIA DE MERCADO Y LAS REFORMAS ESTRUCTURALES Julio 23, 2007
Posted by echezarreta in DERECHO DEL TRABAJO.trackback
En líneas generales, prácticamente la totalidad de países del mundo, aún con sustanciales diferencias ideológicas y políticas, ha pasado en las últimas dos décadas desde la inflación a una estabilidad de precios, con profundas reformas estructurales para abrir las economías a las reglas del mercado
En nuestro país ese proceso se llevó a cabo principalmente en la última década con la privatización de empresas estatales y servicios públicos, innovaciones drásticas en materia de riesgos del trabajo y previsión social, eliminación de subsidios y otras reformas tributarias.
Todas estas transformaciones han sido profundas y complejas, aunque han sido objeto de correcciones ulteriores con perspectivas de más modificaciones en curso, sin que esto implique un juicio de valor sobre su carácter progresivo o regresivo que no es el objeto de esta nota.
En la mayoría de los países la eliminación de las regulaciones estatales ha devuelto a los operadores sociales las autonomías de las decisiones micro económicas, favorecidas también por la reducción de la incertidumbre monetaria, cambiaria y financiera.
En el caso de nuestro país, sin embargo, la estabilidad monetaria y cambiaria no ha sido acompañada por una análoga evolución de otras variables no menos importantes de la macro economía, como lo son la tasa de interés, el equilibrio fiscal y el endeudamiento público nacional y provincial , ya sea para financiar los gastos del sector o para dejar de cumplir unilateralmente con pasivos determinados por la Justicia (como ha sido el caso de la deuda previsional), que derivan de obligaciones asumidas con reglas de juego preestablecidas por el propio Estado.
Por otro lado, simultáneamente nuestro país no ha generado un marco jurídico adecuado al sistema laboral, en especial en lo que hace a la reversión de la llamada “inflación normativa” y de la verdadera negación de los mecanismos de negociación colectiva y de representación social adecuados a principios constitucionales y normas internacionales ratificadas en debida forma.
Nuestro país ha pagado el precio de un sistema inadecuado e ineficiente en materia laboral, con reformas que han pecado a veces por desprolijas o por insuficientes o directamente negativas.
La corrección estructural debe darse en forma coordinada con la implementación de la apertura económica que es característica inevitable de la mundialización.
Si se invierten los términos y primero se somete a las fuentes de trabajo a los rigores de la competencia internacional sin adaptar previamente los sistemas internos concurrentes a ese objetivo, las consecuencias de la globalización resultarán negativas para el desarrollo económico, el nivel de empleo y la paz social.
La denominada desregulación y la remonetización de la economía produjeron inicialmente en la generalidad de los países una fase de expansión, como ocurrió en nuestro caso .
En nuestro país este fenómeno fue acompañado por aumentos del endeudamiento, por una apreciación extrínseca y no genuina del tipo de cambio real y por un pesado encarecimiento de las tasas de interés.
Debemos agregar que el impulso primario que el nuevo orden económico internacional dio a la recaudación fiscal llevó a los gobiernos a embarcarse en programas de gastos con financiamientos no del todo consistentes, por lo que en especial en América Latina se ha tropezado con dificultades cambiarias, financieras o fiscales sobrevinientes.
Cuando ese efecto acelerador inicial se atenúa, estas debilidades tienden a causar una recesión y desaceleración de importancia, máxime si el gasto expandido sin el debido sustento ha sido orientado para responder en gran medida a compromisos operativos que no generarán reposición.
No puede ponerse en duda que las reformas económicas que se han afrontado han sido ineludibles y que obedecen al compás impuesto por la globalización; pero también es innegable que no debe aguardarse una grave declinación del empleo y del ingreso salarial con el consiguiente impacto en el consumo interno para adoptar medidas adecuadas a fin de tornar viable el nuevo cuadro relativo entre la economía de las empresas y la intervención regulatoria estatal que hace al bien común.
Es evidente que una de las respuestas de nuestra sociedad a este proceso de reformas ha sido el no-acatamiento de las reglas de juego propuestas, como puede advertirse con el índice de trabajo en negro y de morosidad en los pagos de tributos tanto como en el grado de incumplimiento de las normas sobre condiciones de trabajo de que dan cuenta las estadísticas oficiales.
La tendencia normativa desde el Gobierno para revertir esta situación se está orientando hacia el incremento de las sanciones elevándolas a grados paralizantes en todos aquellos casos en que los medios de control y de juzgamiento puedan alcanzar a un infractor, en una especie de tómbola punitiva sin consciencia, cercana a la negación de la justicia.
La expresión del acatamiento al orden social que excede el marco laboral y tributario, revela diferentes estadios que permiten apreciar su gravedad y alcances, a la vez que evaluar las políticas destinadas a corregir nuestro patológico desvío, no necesariamente reducidas al peso de las sanciones.
En un extremo, el acatamiento deriva solamente del rigor y la certeza del castigo. Cuando el individuo o empresa acata las reglas de juego es por temor a la sanción o por haber sido compelido forzosamente a su cumplimiento.
En el estadio opuesto el acatamiento se ajusta a la aprobación expresa o implícita de la comunidad y a los valores reconocidos por el conjunto que impulsan a que el cumplimiento tenga lugar por convicción, limitándose la acción punitiva a un tolerable margen.
En el primero de los supuestos se ubica el Estado como único elemento ordenador; pero su objetividad queda comprometida porque quienes ejercen su representación hasta en los niveles modestos, no pueden dejar de formar parte de una sociedad que reniega de los factores solidarios, sin poder exhibir muchas mayores virtudes o menores defectos que los que caracterizan la fuente de donde provienen.
En cualquiera de los estadios extremos o intermedios es definitoria la actitud ejemplarizadora de la clase dirigente y de las expresiones culturales.
Quien lea esta página podrá apreciar según su propio criterio en qué estadio entre esos parámetros se encuentra la sociedad argentina; pero es evidente que los efectos de la globalización también se verán reflejados de distinto modo si es que al cambio en las estructuras y sistemas laborales, tributarios, financieros y otros, no se agrega un acompañamiento razonable del comportamiento ético.
En ese sentido, debe concebirse a la sociedad como un organismo vivo no equivalente a la simple suma de sus integrantes individuales, en tanto la sociedad debe tener mecanismos destinados a hacer prevalecer el interés general respecto de los circunstanciales apetitos individuales o sectoriales que se le opongan.
Como el fenómeno de conducción política no admite la división por fases ni la simplificación en los términos en que sugiere esta nota, debe tomarse como una evolución normal el reacomodamiento simultáneo de todos los sistemas entrelazados y de las cuestiones éticas en un movimiento permanente que debe ser interpretado como una expresión de salud y como una oportunidad, más que como una circunstancia indeseable que nos conmueve en la actualidad.
Nuestras estructuras crujen quizás más de lo debido; pero es el precio inevitable de nuestra idiosincrasia colectiva proclive a la picaresca y a la confianza desmedida en la buena fortuna.
No estamos ante el fracaso de nuestro cambio estructural y cultural aún en curso. Es muy probable que se esté dando una oportunidad inmejorable para apuntalar una sociedad que se haga merecedora de salir fortalecida en todos sus estratos y en especial en su clase dirigente.
Carlos Francisco Echezarreta
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