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EL PLENO EMPLEO Y LA GLOBALIZACIÓN. julio 23, 2007

Posted by echezarreta in DERECHO DEL TRABAJO.
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Una suma creciente de datos pone de manifiesto un empeoramiento mundial del empleo en las últimas dos décadas, tanto en calidad como en cantidad, con intensificación del desempleo y el subempleo en muchas partes del mundo.

Ha coincidido también este escenario con la polarización en la distribución de los ingresos, en especial en las economías en transición y otras partes del mundo en desarrollo, por lo que se han vinculado estas tendencias como una derivación causada por la globalización coincidente en el tiempo.

Es inviable el aislamiento e ineludible la competencia internacional, por lo que las soluciones en materia de empleo y mercado de trabajo en general deberán asumir esa variable como condicionante y en algunos aspectos, sin que signifique juzgar sus valores, como factor determinante por encima de las políticas nacionales.

En la segunda mitad del siglo XX se había dado primera prioridad al objetivo del pleno empleo en la política económica de cada país, como una aspiración sujeta a la relativa autonomía que era posible en ese orden internacional, al menos respecto del poder político sobre el económico transnacional, luego de la Segunda Guerra Mundial.

¿Es posible mantener la aspiración de dar a todos la posibilidad cierta de obtener empleo? O el nuevo orden económico internacional impone a países como el nuestro un alto porcentaje de marginados que sólo podrán vivir del subsidio?

Nuestro país no ha dejado de exhibir las mismas tendencias que el resto del mundo, aunque con sus características únicas que no pueden descuidarse al momento de su análisis, diagnóstico y tratamiento; pero los datos que exhibe en materia de empleo, subempleo y trabajo “no estructurado” (en negro) no permiten aceptar esta situación como el escenario en el que sería posible convivir sin secuelas muy negativas sociales y políticas.

Con alguna indolencia, en su momento hemos creído satisfecho el requerimiento de pleno empleo, en especial durante la posguerra, con la absorción de oferentes por la vía del empleo público sobredimensionado y una economía cerrada que produjo igual patología en el sector privado, con los resultados inflacionarios que conocemos.

Por esa razón, especialmente en la segunda mitad de la última década en nuestra situación particular se ha dado un cuadro paradojal de crecimiento e inversión con paralela pérdida de puestos de trabajo (que existían sólo en apariencia) de características parecidas a las de los países en transición desde los regímenes socialistas a una economía competitiva de mercado.

Los países con mayor eficiencia global han podido ubicarse en una posición dominante dentro de este nuevo orden económico internacional, pero los demás casos, como el nuestro, han sufrido (y casi con seguridad seguirán sufriendo) las consecuencias más dolorosas de los reacomodamientos.

La inserción de cada uno de los Estados en el comercio mundial es un objetivo que no puede dejar de cumplirse.; pero, a su vez, hay limitaciones sociales y políticas que deben contemplarse en el marco interno, más allá de las reglas del operador económico.

La estrategia como nación, por ejemplo, debe asignar un fuerte contenido social a los programas de reforma económica, de manera que el tránsito por esa adaptación no produzca distorsiones indeseables en el mercado, con efectos primero sociales e inmediatamente después de orden político.

Hay un punto en la desatención de los requerimientos sociales en que se hace imposible preservar los intereses sectoriales o particulares económicos, por legítimos que éstos sean. Ese equilibrio debe respetarse, aún en el supuesto del más egoísta interés individual.

A los fines de abstraer alguna guía para las observaciones del nivel de ocupación desde un ángulo económico, podríamos dividir a las economías en tres grandes sectores: a) aquéllas en donde la tasa de desempleo es relativamente estable, de naturaleza friccional, de manera que no impide la evolución del costo de la mano de obra en función de la productividad, sin originar efectos inflacionarios; b) las que cuentan con una tasa de desempleo tan baja que provoca efectos inflacionarios por la presión que genera en los niveles salariales y c) otras con una tasa de desempleo elevada, que deflaciona los precios y empuja a la baja los salarios con efectos recesivos y dificultades consiguientes para equilibrar las cuentas públicas por la caída de la recaudación fiscal (ver informe sobre “Políticas de empleo en una economía mundualizada”, OIT, año 1996)

Si bien ésta es una clasificación opinable, desde mi punto de vista personal, el caso argentino está comprendido en el tercer conjunto de naciones.

Estados Unidos, por su parte, podría ser ubicado en el segundo grupo. Esa observación puede ser de alguna relevancia para nuestra economía en tanto la convertibilidad monetaria nos vincula con el dólar y además la tasa de interés que su propia política va gestando impacta en nuestras cuentas fiscales a través del alto endeudamiento al que venimos recurriendo.

En nuestro caso ha debido procederse a una transferencia casi total de las empresas del Estado, sin que el área privada haya generado suficientes condiciones para incorporar esa mano de obra desplazada por las reorganizaciones administrativas.

La moderna organización el trabajo irrumpió aquí, bruscamente, en una aletargada e ineficiente administración de empresas públicas, por lo que con su solo cambio de manos se produjo una reducción de puestos de trabajo.

Sumémosle a eso la rápida incorporación de tecnología sustitutiva de la mano de obra como resultado de la inversión atraída por las nuevas perspectivas alentadoras luego de un prolongado atraso en ese aspecto.

Por supuesto que el cuadro actual ha sido consecuencia de la alta ineficiencia de nuestra economía como se puso de manifiesto con los recurrentes cuadros hiperinflacionarios durante sus conocidas facetas crónicas y agudas estructurales.

El cambio abrupto que inevitablemente debimos abordar, produce sufrimientos en materia de ocupación e ingresos que no podrían haberse esquivado al intentar desplazarnos del modelo ineficiente no competitivo.

No obstante, debemos tomar conciencia que nuestras previsiones en materia de empleo, distribución del ingreso, seguridad social , salud y otras funciones específicas e indelegables del Estado no pueden ser tratadas con indiferencia, bajo pena de malograr los esfuerzos realizados hasta hoy.

Para cualquier observador informado el desafío que viene afrontando nuestra sociedad es abrumador por las dificultades que ofrece cualquiera de sus aristas; pero no habrá de afrontarse con éxito el problema si lo negamos o desconocemos.

Carlos Francisco Echezarreta

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