ALGO DEBE CAMBIAR Julio 23, 2007
Posted by echezarreta in DERECHO DEL TRABAJO.trackback
La puesta en escena de la crisis argentina ha sido lenta, progresiva pero a la vez estrepitosa.
En general estamos acostumbrados a vincular lo súbito con lo ruidoso. Se agrega entonces otra nota particular a las singulares características de nuestra crisis. Alguien la asimiló a “un choque de trenes en cámara lenta”.
La persistencia con que han sido señalados los indicadores del verdadero estado de nuestra situación económica, política y social nos obliga a reconocer que el deterioro actual no puede haber sorprendido a alguien medianamente informado.
Llama la atención de un observador, en cambio, la tenacidad con que se ha insistido con el mantenimiento de políticas erróneas, en especial en las cuestiones del trabajo y de la seguridad social.
Debido a que han predominado los intereses sectoriales respecto del bien común, ninguna de las reformas ha apuntado debidamente a solucionar los desajustes técnicos para afrontar la dura competencia del nuevo escenario global sin secuelas dolorosas.
Desde distintos ángulos se ha ponderado o criticado nuestro sistema laboral, abarcando tanto la legislación del trabajo y de la seguridad social como el sistema de relaciones laborales colectivas. A esta altura, cualquiera sea la aptitud que alguien pueda atribuir al modelo, se torna inconducente detenernos en el pasado.
Simplemente a nadie puede haber dejado satisfecho.
Los indicadores sociales negativos de la actualidad (como lo son la alta desocupación, el empleo informal, la desprotección social, los niveles de pobreza, la deserción escolar y otros no menos graves y preocupantes) pueden ser atribuibles al cambio del marco internacional; pero no puede dejar de aceptarse que ha habido una ineficaz respuesta de nuestra parte.
Tanto el cambio insuficiente e inadecuado como la extrema rigidez en las estructuras básicas inviables (pero aún vigentes como si lo fueran) no solamente no han impedido “El malestar en la globalización” a que se refirió Joseph Stiglitz, sino que han expandido los daños como no ha llegado a ocurrir en otros países, incluso con menos potencial que el nuestro.
Puede discutirse si la desprotección social y el colapso del empleo se deben o no a la continuidad de un sistema desactualizado e ineficaz por haberse limitado a introducirle reformas cosméticas sobre cuestiones no esenciales. De lo que estamos seguros es de que no estamos provistos de un sistema capaz de evitar estas secuelas y por lo tanto, mucho menos apto para revertir esta dramática situación.
El problema radica entonces en descubrir cuáles son las fallas y defectos y cómo debería ser la estructura final luego de una apropiada transición.
Subrayo la “apropiada transición” porque un vuelco traumático desraizado de lo que ya es nuestra historia, buena o mala, a esta altura podría agravar el desconcierto y la falta de fe que padece nuestra sociedad.
Las herramientas de detalle que han sido objeto de superficiales reformas (fomento de la precarización, desfinanciación del sistema previsional, variantes en el régimen indemnizatorio del despido y otras modificaciones), han dejado de ser aspectos en aptitud de revertir la crisis o de detener su evolución negativa.
En ese sentido inconsistente se han bajado y subido las indemnizaciones y se ha hecho lo propio con las cargas tributarias de la seguridad social o los impuestos sobre el trabajo.
Las modificaciones en materia de negociación colectiva también han demostrado su ineficacia no solamente para dar solución al fondo del problema ocupacional sino también para permitir la actualización de los convenios colectivos inoperantes y desactualizados desde 1975, ocasión aquélla en que se cumplió la última ronda generalizada en un cuadro de situación también crítico en lo político, económico y social.
Se ha hecho evidente que la negociación colectiva, por ejemplo, que es un instrumento al servicio de los actores sociales para descentralizar y agilizar la elaboración de normas de aplicación colectiva que permitan afrontar con respuestas ágiles y descentralizadas los cursos cambiantes de la economía de mercado, en nuestro país se torna inoperante y deja de utilizarse cuando más se la necesitaría llegando incluso a su prohibición por ley, como ha sucedido en épocas anteriores.
Para advertir que no se trata de una cuestión ideológica o propia de un partido político en particular la suspensión o prohibición ha ocurrido también durante gobiernos constitucionales y de raigambre popular.
Cuando entró en vigencia la ley 25.250 de reforma laboral con relación a la cual se denunció ante la justicia que hubo incentivos en dinero para facilitar su sanción, tanto los sectores sindicales como las cámaras empresaria, mostraron en los hechos su voluntad de no trasladar a ese ámbito la fijación de condiciones de trabajo ajustadas a la emergencia, sentenciando la inutilidad de ese esfuerzo aparatoso.
Una respuesta a todos estos interrogantes me parece sencilla: nos falta el ingrediente sin el cual no hay sistema que pueda satisfacer el bien común.
Me refiero al nivel mínimo de honestidad necesario y prevaleciente en toda la pirámide social y política.
Por esa carencia se frustran las bondades de la democracia cuando quienes eligen no promueven a quienes lo merecen. Esto se agrava cuando los obligados a ejercer controles y ayudar a formar la opinión pública (como los integrantes del poder judicial, periodistas, empresarios y sindicalistas) consienten, encubren y explotan en su favor las debilidades de este estado de cosas.
Estoy profundamente convencido que la reducción simplificada del problema a los aspectos técnicos a esta altura contribuye al engaño colectivo.
El cambio que hace falta debe consistir en el reconocimiento concurrente de una auténtica voluntad de comprometer una honesta gestión por parte de cada uno de nosotros en la parcela que se encuentra bajo nuestra responsabilidad.
Hasta ahora no hemos hecho otra cosa que acomodar la ley a la trampa, con vaivenes propios de un péndulo.
Las soluciones técnicas son múltiples y perderíamos tiempo en enunciarlas. Solamente debemos cambiar la motivación en base a la cual las mismas se seleccionan y ponen en ejecución por la dirigencia.
No hay una excluyente medida apta. Varios caminos pueden conducir al mismo destino. Sin embargo, cualquiera sea la vía elegida no puede estar ausente un mínimo de honestidad en la gestión política, empresaria y sindical.
Queda identificado el “algo” que debe cambiar.
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